Blogia
PRADA

Una alianza de civilizaciones... de derechas de José María Marco

Una alianza de civilizaciones... de derechas

Imprimir Imprimir

Dinesh D'Souza, The Enemy at Home. The Cultural Left and Its Responsibilities for 9/11. Nueva York, Random House, 352 págs.


Dinesh D’Souza ha sido una de las estrellas intelectuales de la derecha norteamericana. Llegó a Estados Unidos en 1978 procedente de la India. En la Universidad –el Darmouth College, una de las más antiguas universidades norteamericanas-, colaboró en una revista estudiantil de derechas y empezó a hacerse un nombre con sus análisis y, más de una vez, por sus provocaciones. Escribió un best seller ácido sobre la educación universitaria (Illiberal Education: The Politics of Race and Sex on Campus), que recuerda en algo la primera obra importante de una de las grandes figuras de la derecha norteamericana, William F. Buckley, que también se dio a conocer con un análisis de la educación impartida en Yale, su propia universidad, una de las más elitistas de Estados Unidos y que paradójicamente, ya antes de los años 50, se inclinaba al progresismo.

D’Souza pasó luego a trabajar para la Heritage Foundation, la gran fundación conservadora de Washington y colaboró en la administración Reagan en los años 80. Hace poco tiempo ha levantado una nueva discusión con la publicación de un nuevo libro titulado The Enemy at Home: The Cultural Left and Its Responsibility for 9/11 (El enemigo en casa: la izquierda cultural y sus responsabilidades ante el 11 S).

En realidad, la polémica es doble. Por un lado, pertenece a la categoría de aquellas a las que D’Souza tiene acostumbrados al público, tanto a sus lectores como a sus detractores. Y es que acusa directamente a la izquierda norteamericana –a las universidades, las organizaciones filantrópicas y la flor y nata de Hollywood, sin olvidar la izquierda política- de ser la causante del 11 S y de la “erupción” islamista antiamericana que hoy arrasa el mundo entero.

¿Por qué? Porque, según D’Souza, bajo Clinton los demócratas se mostraron flojos ante el islamismo. Podían haber optado por continuar la política de intransigencia y claridad moral  Reagan frente al comunismo. En vez de eso, Clinton y los demócratas de los años ochenta desarmaron Estados Unidos. Dejaron ver su debilidad, su escasa movilización, su nula voluntad de luchar contra el nuevo totalitarismo que, en contra de los diagnósticos sobre el “fin de la Historia”, estaba tomando el relevo del antiguo, el marxista.

En este punto D’Souza pone el dedo en una llaga sangrante: la alianza entre el islamismo radical y la antigua izquierda más o menos marxista, una alianza presente hoy en todas partes: en las universidades norteamericanas, en las manifestaciones antiglobalización (en realidad, antiliberales y antiamericanas), en la colaboración entre el régimen iraní y los neocastristas como Chávez o, en España mismo, la sin igual Alianza de Civilizaciones promocionada por el nuevo régimen de Rodríguez Zapatero.

Ahora bien, D’Souza va más allá, y es en este punto donde ha saltado la segunda polémica, esta vez en las filas liberal conservadoras, los mismos que lo han venido apoyando hasta aquí. D’Souza mantiene que los progresistas han llevado a cabo un programa de destrucción de algunas de las claves de la identidad norteamericana, en particular el papel de la religión en la vida pública y de la familia. Es la invención de una nueva cultura norteamericana, laica y sin restricciones morales, la que ha propiciado la reacción de los musulmanes y ha dado pie al fundamentalismo islámico.

En consecuencia, D’Souza mantiene que frente a la alianza de la izquierda progresista y los islamistas, es preciso poner en marcha otra que sellaría un frente común entre la derecha occidental y los musulmanes tradicionales que, según él, no compartirían las tendencias violentas de los fundamentalistas. Los conservadores de ambas religiones recuperarían así la iniciativa en defensa de sus respectivas religiones y de los fundamentos morales atacados por la izquierda y por el fundamentalismo.

Los progresistas han visto en el propuesta de D’Souza una confirmación de sus propias tesis acerca de la identidad de fondo entre el fundamentalismo islámico y lo que llaman el “fundamentalismo cristiano”, es decir los movimientos de origen religioso que han apoyado el avance de la derecha norteamericana en los últimos treinta años.

El análisis no resulta muy convincente. No hay nada que una a los islamistas con una “derecha cristiana” que se reafirma precisamente en muchas de los principios y costumbres que repelen a los islamistas. Por mucho que se pueda alegar que la “derecha cristiana” condena, como el islam, el aborto y la práctica de la homosexualidad, ¿cómo podría llegar a aceptar la poligamia, por ejemplo? ¿Y la condena del Estado de Israel? Eso entre otros muchos argumentos, y sin tener en cuenta que los hechos confirman la realidad de la alianza –asombrosa para muchos, y para unos cuantos, incluidos algunas personas en la izquierda, incomprensible- entre el propio progresismo y los islamistas.

Más interesante, en mi opinión, resulta la respuesta que a D’Souza se le ha dado desde su propio bando. Vale la pena leer el ensayo que le ha dedicado Stephen Spencer en Front Page Magazine. Spencer sintetiza bien la argumentación en contra de D’Souza. En primer lugar, como dice Spencer, D’Souza hace suyo el argumento, característico del progresismo, según el cual Occidente siempre es culpable de los ataques islámicos o, en general, terroristas. Estaríamos por tanto ante una reelaboración de la justificación del terrorismo, que invocaría esta vez la decadencia moral occidental.

Por otra parte, Spencer, como otros muchos, tiene serias dudas acerca de la existencia de un islam tradicional que sea al mismo tiempo moderado, es decir capaz de condenar la violencia fundamentalista de los islamistas. Si existiera de verdad el islam moderado, dice Spencer, estos moderados no se sentirían aludidos cuando se critica a los yihadistas.

El razonamiento sirve igual para los nacionalistas y sus aliados en nuestro país. La propuesta de D’Souza puede parecer descabellada, pero sobre uno muy parecido se ha construido buena parte de la historia reciente de España.

Libertad Digital, 19-02-07

0 comentarios